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CRITICA ASTERIX Y OBELIX AL SERVICIO DE SU MAJESTAD (25%)



   Cuarta entrega, con personajes de carne y hueso, de las aventuras en el cine de los irreductibles galos Astérix y Obélix. Lo que empezó siendo una graciosa adaptación (Astérix y Obélix contra el César, 1999) de uno de los cómics más emblemáticos de todos los tiempos, ha terminado siendo un despropósito de saga que culmina con ésta película (el personaje de Astérix ha sido interpretado por tres actores en cuatro películas y en ésta ocasión Depardieu estuvo a punto de rechazar su participación).

   Esta vez la batuta de dirección ha recaído en Laurent Tirard (El pequeño Nicolás, La aventuras amorosas del joven Molière) que hace lo que puede, que tampoco es mucho, para llevar a buen puerto el absurdo e infantil (en el peor sentido de la palabra) guion de Grégoire Vigneron (El pequeño Nicolás, Prête-moi ta main) basado en la historieta Astérix y Obélix en Bretaña.

   Las apariciones de Fabrice Luchini (En la casa, Las chicas de la 6ª planta), Catherine Deneuve (Bailar en la oscuridad, Tristana), Dany Boon (Nada que declarar, Bienvenidos al Norte), Javivi, Tristán Ulloa (Mensaja) son casi anecdóticas puesto que todo el “peso” recae en Gérard Depardieu (Novecento, Cyrano de Bergerac) como Obélix y en Eduard Baer (Las malas hierbas, Pollo con ciruelas) como Astérix.

   Una pena que una saga que podría haberse desarrollado de una manera mucho más lógica enfocándola, como hicieron con las dos primeras adaptaciones, a niños y no tan niños amantes de los personajes de René Goscinny, haya terminado con ésta pobre adaptación que me ha recordado más a la saga Torrente que a la de Harry Potter (y pese a que tiene historietas muy buenas y cinematográficas han elegido una de las menos vitosas).

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CRITICA EN LA CASA (78%)



   El francés François Ozon adapta, libremente, la obra teatral de Juan Mayorga, El chico de la última fila. Ozon parte de una premisa muy sugerente e impactante en la que un alumno de 16 años se inmiscuye en la casa de un compañero de clase. Cuando comienza el curso escolar, Germaine, profesor de literatura francesa, percibirá a través de las redacciones de clase, que el chico en cuestión tiene algo especial. Es introvertido y apenas tiene contacto con el resto de la gente. Únicamente se sienta en un rincón y observa detalladamente desde allí. Para Germaine, los trabajos literarios del joven tienen una fuerza inusitada, por lo que le animará a seguir escribiendo, aunque no sepa que parte de lo escrito pertenece no solo a su imaginación, sino a las acciones que emprende cuando sale de la escuela y a su capacidad para analizar a los que le rodean.

   Ozon (Potiche, mujeres al poder) tiene una inusitada capacidad para evocar en el espectador una sensación de palpante tensión (un crescendo narrativo olvidado por muchos de los grandes directores actuales) y hacerle con ello partícipe de lo que quiere contar, tal y como demostró en Bajo la arena (2000) y, más aún, en la brillante La piscina (2003).  En este caso, Ozon, peca en exceso de un continente absolutamente abrumador (geniales el montaje de Laure Gardette y la música de Philippe Rombi) y olvida, quizá, un poco el contenido (hecho probablemente consciente para lograr una mayor tensión del relato). Da la sensación de que no importan demasiado lo que pase o deje de pasar porque todo vale en la construcción de este relato/puzzle. El adaptar el guion al montaje y a la narración, para darle más fuerza al conjunto, hace que se pierdan por el camino diálogos y personajes (desaprovechada una fabulosa Scott Thomas) que en otras circunstancias habrían sido capitales para levantar el proyecto.

   Es obvio que tenemos una de las grandes películas de la temporada (ya ganó la Concha de oro en San Sebastián) y que la película podría sostenerse, sin tanto artificio, sólo por la genial dirección de Ozon. Y, sobretodo, por las interpretaciones de un siempre excelente, y en racha,  Fabrice Luchini (Las chicas de la 6ª planta, Confidencias muy íntimas), la sugerente Emmanuelle Seigner (La novena puerta, Giallo), la exquisita Kristin Scott Thomas (La llave de Sarah, Lunas de hiel, Cuatro bodas y un funeral) y un sorprendente (aunque por momentos repetitivo) Ernst Umhauer (El monje).

   Un brutal relato de la mano de uno de los mejores directores europeos de los últimos veinte años, que es capaz de acojonar sin mostrar una sola gota de sangre y te mantiene pegado a la butaca sin extraños giros de guion que no entiende nadie más que el director. CINE en mayúsculas.

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